De casa barata para obreros a 3 millones de euros
En el barrio del Niño Jesús, en el distrito madrileño de Retiro, hay una colonia de casitas y chalets que nacieron al amparo de la ley de casas baratas, pensada para obreros y pequeños comerciantes. Hoy esas mismas viviendas se tasan en
3 millones de euros
. A otra escala, en Alpedrete, el ayuntamiento regalaba parcelas en los años 60 con una sola condición: que el dueño levantara la casa. El suelo vale hoy unos
350.000 euros
y el inmueble,
800.000
. La foto de una clase obrera que compraba, construía y dejaba algo a los hijos tiene hoy precio de millonario.
El obrero de los 70 que hoy no existe
Un trabajador no especializado, en la década de los 70, acumulaba a los 30 años casa pagada, una segunda vivienda en la playa pagada, coche pagado, esposa dedicada a las labores del hogar y tres hijos. No era un afortunado: era la norma del entorno, el compañero de colegio, el primo, el vecino. Trasladada la pregunta al presente —¿hay algún operario sin cualificar que tenga hoy esa misma foto a esa edad?—, la respuesta que se repite es un no rotundo: ni especializado, ni con estudios, ni con suerte,
salvo herencia o chiringuito
El contraste se sostiene sobre tres patas que entonces no existían: el suelo no cotizaba como activo financiero, la vivienda se construía para vivir y el Estado se llevaba una porción mucho menor de la renta. Hoy hay fondos, hay socimis y hay ayuntamientos subastando suelo al mejor postor para cuadrar sus cuentas.
¿Por qué un descampado sin urbanizar ya cuesta 700.000 euros?
La coartada de que antes todo era periferia barata se desmonta rápido: hoy la periferia también es carísima. Promociones en suelo que sigue sin urbanizar del todo, en
Las Tablas
, Valdebebas o 3 Cantos, se colocan a
700.000 euros
por piso. El argumento de que el suelo se revalorizó porque la ciudad creció choca con un detalle incómodo: el descampado equivalente de hoy ya nace caro, sin aceras, sin colegios y sin parqué.
También hay una defensa de la generación anterior que conviene escuchar sin desprecio. Quien compró a mediados de los 70 no adquirió parqué, ni aire acondicionado, ni una ciudad hecha: adquirió barro, solares con valla y aire limpio a las afueras. La revalorización llegó después, con el asfalto. Quien mide el negocio con el precio de hoy olvida el punto de partida.
La lotería del suelo: cuando el mar no valía nada
Hay un factor que ninguna estadística recoge: la fortuna geográfica. En Mallorca, las familias consideraban tierras buenas las de cultivo, tierra adentro, y malas las rocosas pegadas al mar. El primogénito heredaba el interior y los demás hijos se repartían los terrenos salados. Llegó el turismo y la jerarquía se dio la vuelta. En Benidorm ocurrió algo parecido: las parcelas junto a la playa, improductivas, se convirtieron en plusvalía sin que nadie moviera un dedo.

